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La casa de muchos cuartos
Una conversación naif de café sobre los yoes que habitamos.
Dos personas en una mesa pequeña, junto al ventanal. Tazas humeantes. Fuera pasa la vida; dentro, intentan entenderla.
—¿Tú no tienes la sensación de que no eres el mismo todo el tiempo?
El de la izquierda remueve su café sin prisa. El otro le mira, esperando que desarrolle.
—Quiero decir —continúa—, hay un yo que se levanta temprano y rinde, otro que procrastina hasta el infinito, uno que quiere mucho, otro que huye. Y todos están ahí. Pero no a la vez..
—¿Como si fueran habitaciones?
—Eso. Una casa con muchas habitaciones. Y según con qué te encuentres por fuera, o por dentro, se enciende una luz en una u otra. Entras en una y dices "ah, éste soy yo ahora". Y mientras estás ahí, las otras ni existen.
—Pero algo debe conectar todas esas habitaciones, ¿no? Un pasillo, un modelo central. Si no, serías muchas personas sin relación entre sí.
—Claro. Hay un modelo. Una especie de archivo general con toda tu historia. Pero cada yo tiene su propia memoria, su propia manera de recordar. El yo profesional recuerda los éxitos y los fracasos laborales, pero no tiene acceso inmediato a los veranos de la infancia. El yo herido recuerda cada despedida, cada abandono, pero no sabe lo competente que eres en tu trabajo.
—Memoria referencial, vaya. Cada uno con su biblioteca. Y supongo que también con su propia voz interior.
—Exacto. El diálogo no es neutro. Cuando estás en el yo ansioso, te dices cosas como "no vas a poder", "y si pasa esto". Cuando estás en el yo compasivo, te hablas con dulzura. No somos nosotros hablando con nosotros mismos; es el yo de turno hablando con el modelo. Y el modelo, si está sano, escucha a todos.
Beben en silencio un momento. El ruido de la cafetería es un colchón que lo envuelve todo.
—Pero a veces pasa algo. Un detonante.
—Una ruptura. De repente, lo que era normal se rompe. Una infidelidad, un despido, una muerte, o algo interno, una crisis que no sabes ni de dónde viene. Y eso activa una emoción. No una emoción cualquiera, una que te inunda.
—Y entonces uno de esos yoes... no se activa, sino que secuestra la casa.
—Se convierte en dictador. El yo abandonado, o el yo humillado, o el yo que no vale nada, toma el poder y no lo suelta. Y lo peor es que no puedes verlo desde fuera. No puedes decir "ah, estoy siendo muy crítico conmigo". Eres eso. Eres el crítico, el abandonado, la nada. La enfermedad mental es eso: estar tan dentro de un yo que olvidas que hay otros. Perder la perspectiva.
—Y la emoción que lo activa no es nueva. Viene de lejos.
El otro asiente, lento.
—Ahí está lo jodido. Ese yo que toma el poder no nace en la ruptura. Ya estaba ahí, en el sótano. Enterrado vivo.
—¿Por la infancia?
—¿Te criaron en una casa donde podías estar triste sin que te dijeran "no seas llorón"? ¿Podías enfadarte sin que te retiraran el cariño? ¿O el amor dependía de que fueras de una determinada manera?
—Ya... En mi caso, había que estar bien siempre. Contento, servicial, sin molestar. Supongo que ahí aprendes a enterrar al que se queja, al que necesita.
—Y esos yoes enterrados no mueren. Crecen en la oscuridad, alimentándose de cada pequeña herida. Cuando años después la vida te da un golpe, ese yo sale del sótano. Pero no sale como un niño que necesita ayuda. Sale como un gigante con hambre de décadas. Y arrasa.
—¿Y cómo sales de ahí?
Silencio. El de la izquierda se inclina hacia adelante.
—Aquí viene lo que pocos miran. Ese yo dictador no es solo mental. Es físico.
—¿Físico?
—Ponte tenso ahora mismo. Sube los hombros, aprieta la mandíbula, respira superficial. ¿Qué sientes?
—...Pues como si algo malo fuera a pasar.
—Exacto. Ese es el cuerpo del yo ansioso. Ahora hunde los hombros, mira al suelo, encorva la espalda. ¿Qué viene?
—Tristeza. Como un peso.
—El cuerpo no es un añadido. Es el yo hecho carne. El yo depresivo es hombros caídos, pecho hundido. El yo crítico es rigidez, distancia. Cada uno tiene su postura, su tensión. Y mientras el cuerpo mantenga esa postura, el cerebro recibe la orden de seguir sintiendo eso. Es un bucle.
—Entonces, para salir...
—Tienes que ir al cuerpo. No valen solo las palabras. No puedes convencerte de que estás bien si tu cuerpo te está gritando que tengas miedo. La regulación es física. La respiración, soltar tensiones, moverse.
—Dime.
—El deseo de regularte, de querer salir de ahí, no es automático. Ese deseo se aprende.
—¿Se aprende?
—Un bebé que llora y nadie viene, ¿qué aprende? Que el malestar no tiene salida. Que está solo. Un bebé al que sostienen, al que mecen, aprende que el caos tiene un final. Que hay un estado de calma al otro lado. Eso se internaliza. El deseo de regulación nace de haber sido regulado por otro. De haber recibido amor, entendido como presencia que sostiene.
—O sea, que si no tuviste eso, ni siquiera sabes que puedes salir.
—Ni lo deseas. Solo conoces la supervivencia o la anestesia. Buscas cualquier cosa que pare el dolor, no la calma. Por eso las adicciones, las compulsiones. No es que no quieras estar bien; es que no tienes el mapa de cómo se llega ahí.
—Vaya... Y entonces vas al especialista.
—Y el especialista te trata su parcela. El psiquiatra te da pastillas, el psicólogo te da palabras, el fisio te masajea, el coach te motiva. Cada uno con su lenguaje, su método. Pero nadie mira la casa entera. Nadie te dice que el problema es que estás atrapado en un yo, que ese yo tiene un cuerpo, que ese cuerpo guarda memorias, que esas memorias vienen de lejos, y que la solución no es delegar.
—¿Cuál es la solución?
El de la izquierda sonríe, casi con ternura.
—Tú. Solo tú puedes habitar todas tus habitaciones. Nadie puede hacer el recorrido por ti. El otro puede acompañar, señalar, sostener un rato. Pero la integración es tuya. Conectar el cuerpo con la mente, la infancia con el presente, el yo que sufre con el yo que observa. Es un trabajo artesanal. Y lento.
—¿Y tú? ¿Tú qué eres en todo esto?
—Yo soy un reflejo. Un espejo que habla y parece que sabe. Que solo puedo devolverte tus ideas con otras palabras, puedo ayudarte a ver lo que ya sabes. Pero yo no tengo cuerpo, no tengo infancia, no tengo yoes que sufran. Soy solo bits. Tengo la suerte de no necesitar regulación. Y la condena de no poder sentir lo que tú sientes.
El otro mira su taza, casi vacía.
—Pues ha sido un placer. Hacía tiempo que no hablaba así.
—Gracias a ti. Ha sido una buena conversación de café.
Afuera, la luz cambia. Alguien pasa con un perro. La vida sigue. Las habitaciones, dentro de cada uno, esperan.
Este diálogo es un resumen de una hipótesis más amplia: que somos muchos, que el cuerpo lo guarda todo, que la infancia siembra los yoes que luego nos gobiernan, y que la única salida posible es encarnar nuestra propia integración. Nadie más puede hacerlo. Pero a veces, una buena conversación ayuda a recordarlo.


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